“La soledad, ese murmullo que no se oye, pero retumba. No tiene rostro, ni voz, y aun así se sienta a tu lado como quien lo ha escuchado todo sin decir una sola palabra.”
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La soledad infantil no es solamente ausencia de compañía, sino un vínculo no construido, la falta de una mirada significativa. El libro nos recuerda que la relación de apego con las figuras parentales modela la manera en la que el niño aprenderá a confiar, a acercarse y permanecer con otros. También relaciona la soledad infantil con la competencia o incompetencia social de los progenitores, ya que pueden afectar a la sociabilidad de los hijos, además de destacar que aquellos que viven el divorcio o la separación de sus padres pueden tener más probabilidades de experimentar soledad.
Por ello, señala que la escuela no puede ser indiferente a ese eco emocional que los niños traen de casa, tiene la posibilidad y la responsabilidad, de transformar la soledad en espacio de encuentro. El docente debe dejar de ser sólo un transmisor de contenidos, debe convertirse en un mediador emocional, capaz de ofrecer una presencia estable y crear un clima de confianza donde cada niño sienta que su voz tiene valor y su existencia es importante para el grupo. El aula, entonces, se transformará en un refugio seguro donde los vínculos sean un antídoto frente a la soledad, allí descubrirán que acercarse no es peligroso, que el afecto no significa pérdida y que compartir es una forma de afirmarse junto a los otros. Así, la soledad deja de ser un abismo para volverse un territorio donde reconocerse, vincularse y crecer.
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En la adolescencia, a veces, el puente construido sobre la soledad vuelve a tambalearse. El libro explica cómo los adolescentes comienzan a sentir el peso de las expectativas: quieren ser populares, tener éxito y encajar en moldes que cambian cada día. El deseo de pertenecer se mezcla con la necesidad de destacar, mientras el autoconcepto aún está desdibujado y las habilidades sociales tropiezan entre la inseguridad y el impulso de mostrarse, afectando al sentimiento de soledad. La mirada egocéntrica se disuelve, y emerge la conciencia sobre otras perspectivas, verdades y mundos; un descubrimiento necesario, pero que trae consigo la fragilidad de quien se siente observado, que los lleva a buscar validación en cada “me gusta” o historia compartida, hallando juicios y comparaciones. Además, los vínculos se reajustan, los padres dejan de ser el centro afectivo y los amigos o amores incipientes se convierten en refugios. Factores como el acoso escolar, tener malas relaciones sociales en el instituto o un uso problemático de las redes sociales son predictores de la soledad.
Me encanta que conectes temas de otras asignaturas y de otros ámbitos y los incluyas dentro de tu blog me parece precioso el tema de dar visibilidad a la soledad. Hablamos mucho de la gesti´n de la inclusión y no de la gestión de la soledad. BRAVO POR TI 🥰
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